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Nosotros somos la maleza

Hoy me agaché para limpiar el sumidero del costado. Un trabajo asignado, añadido a los habituales. Limpiar, recoger, contemplar. Cuando me agaché, ya dispuesta, ¿qué fue aquello que me detuvo? En realidad, la pregunta debería de ser, ¿cómo no detenerse? Por supuesto que no podría proceder. No cuando allí se encontraba, nada más y nada menos que la flor de la cual me había enamorado. Tras intentar pasar de largo, arrancar las demás y dejarla tan solo a ella, me encuentro con otra sorpresa. Cada pequeña maleza, plantita tras plantita, era conocida mía. Quizá no las haya hallado así en nombre, pero no hace falta para que nos hubiésemos reconocido. Entonces me levanté. El trabajo no acabado, ni siquiera comenzado. Más tarde, en los días venideros, me lo van a reclamar. Yo, una vez más, me voy a agachar. Seguro que voy a procurar arrancarlas, una vez más, y seguro que voy a fallar, una vez más. ¿Por qué debería, en primer lugar? ¿Qué nos da el derecho de colonizar el suelo con cemento y rec...

Epidermis rasgada

A veces el deseo de autoinflingirse una penitencia, aparece. El deseo de encontrar alegría, no placer, en haber soportado del dolor físico. A veces, un sentimiento de traición aparece. En esas veces en las que se consume aquellos analgésicos, anticipando los cólicos abdominales, esos dolores menstruales de un cuerpo que te recuerda que no puedes continuar con normalidad. El deseo de continuar, de no pedir ayuda, de no esperar. De caminar con la epidermis rasgada por unos zapatos que no estaban diseñados para caminar por el empedrado. El deseo de experimentar, de aguantar el dolor físico de ser mujer. El deseo de experimentar, de aguantar el dolor físico como castigo por decisiones tomadas con ligereza, por terquedad o necedad. Pero ya he comprendido que, en contextos menos mentales, soy más hedonista que ascética, y además, en casos concretos, casi generalizados, no hallo placer en el dolor, o por lo menos no sin la interferencia externa de otro agente que lo solicite. Tan solo caer po...

Botellas rotas

Pocos saben, o se han percatado, de que el cielo que habita en las estrellas también se halla en el asfalto, en el suelo de empedrado. Es caminar a media noche debajo de un manto encantado. Transformar tal sutileza sosegadora, para hallarte un día, o noche, privada de la luz de luna, pero no por su ausencia, o por la falta de aquella. Recubierto estaba el firmamento de los sudores de los mares. ¿Hacia dónde miramos, cuando se nos era prohibido mirar abajo? ¿Dónde queda el quebranto, sino atrapado o encaramado en los brazos de un abrazo que no está siendo otorgado? ¿Se te ocurrió alguna vez encontrar a las estrellas del cielo en el suelo, casi a modo de consuelo? Pero estaban ahí, y yo pude verlos. La contemplé como realidad que se vive como ensoñación por un momento. Parpadeantes con cada paso que daba, tintineaban al igual que mi alma al escucharlas en su silencio compasivo. Para poder seguir apreciándolas, uno debe seguir caminando. Allí radica su diferencia principal con aquellas pe...

Circunstancias externas

¿Cuántos de nuestros pasos pueden realmente ser controlados? ¿Cuánto de aquello que proviene de adentro puede ser sujetado, domado? Antes de colapsar en el intento fallido de racionalizar una emoción que se vuelve sentimiento. Es menester reconocer la responsabilidad del entorno sin culpabilizar, dado que es inviable arrancarse el estómago y el corazón e impactarlos contra esta pared de cristal falso. Porque es improbable erradicar la existencia propia de la memoria ajena, dado que es improbable erradicar la existencia de esos seres que socavan la memoria. Toca recoger el delantal, la sombrilla, el bolso, la carpeta, la paciencia y la resignación a la par en que se mira como todo se obstruye, se malogra, se agota y se pierde. Porque así es la vida, a veces- Porque hay días así en la vida, a veces. … ¿Cuánto de lo que decimos puede ser filtrado? Cuando la vista de las decisiones ajenas se vuelve ominosa y amenaza directamente estos mis cimientos de arena y arcilla. Cuando reproches y qu...

Silueta en la sombra

Una aparición desconocida, divisada con una vista que es más intuición que mirada. ¿Qué habrá sido? Tan solo blanco y negro en la memoria, tan solo una sensación en la imaginación. Un minino inquieto, rara vez no travieso, atraviesa el mosaico de ladrillos alfombrado en musgo. Un silencio. Seguido de otro silencio que causa sospecha. La aparición hace su muestra nuevamente, con más claridad en la confusión de su contorno, en el misterio de su sombra que aún oculta su identidad y en el mismo instante, un estruendo. Así, la claridad llega sin ser buscada, mucho menos confirmada. Pobre pequeña mariposa, polilla asesinada. Cuando la Luna ocupa el lugar del Sol en el cielo, cuando la noche no es más que una extensión del día, cuando tres mininos traviesos atraviesan el mosaico de ladrillos y consuman una cacería en las sombras de la cocina. Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.

Nube de tormenta en ocaso

De un azul esplendoroso y gratificante se teñía el cielo. De un azul profundo tan solo visto en las mañanas cálidas con cielo despejado, uno que tras una lluvia intensa y vientos feroces hacían alarde de una atmósfera impecable. Pero la lluvia aún no había llegado, por el contrario, la tormenta recién se estaba formando. Tampoco era de día, ni tampoco de noche. Era aquella intersección que suele existir durante las horas diurnas que son noche, sin serlo, y era provocado justamente por aquel azul cielo intenso, que aún siendo en el cielo, no era cielo. Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.