SENSORIALIDAD DE LA ARAÑA
Desde aquello que los ojos pueden mirar, aquello que la lengua puede degustar; desde aquello que el tacto puede sentir, aquello que los oídos pueden escuchar hasta los aromas que la nariz puede olfatear.
Qué es todo esto sino la consciencia que las puede decodificar. Hacerlas más que sensaciones, más que estímulos dispuestos únicamente para reaccionar, por lo menos no solo de manera inconsciente, por instinto, por supervivencia.
Es esta consciencia, la narrativa que se crea a partir de la decodificación, o codificación de todo aquello que recibimos, de aquello que el mundo nos da, esta consciencia constituye mi musa. Una forma florida de aseverar el egocentrismo que implica tenerse a uno mismo de inspiración.
Pero me permito a mí misma aclarar. No es a mí misma, sino a la consciencia. Una consciencia que es en realidad, o pienso, colectiva. Así como esta consciencia podría fácilmente ser la de alguien más, pero resultó siendo la mía. Así como reconozco con facilidad partes de esta consciencia mía en la consciencia de los demás, y los demás hallan partes de su consciencia en la mía. Así como cuando no la hallamos del todo, muy seguramente la hallaremos en la de alguien más. Así, mi musa no es tan solo la consciencia mía, sino la que pertenece a los demás. Son las ideas que la gente ahora, antes de mí y conmigo imbuimos a este mundo que admiramos, percibimos y experimentamos de manera simultánea a través del tiempo.
No es, al final, tan solo y únicamente la consciencia la que me inspira, sino el mundo. La naturaleza. Lo silvestre, lo artificial, -que tan artificial no puede ser cuando es creado de los mismos materiales que componen la sangre y los huesos del cuerpo que solemos habitar- todo aquello que percibimos como tangible para después descuartizar y volver a recrear en la mente.
Por eso mismo, no puedo apartar al mundo de la mente, porque ese mundo tangible, aunque exista, para nosotros no puede existir sino en la mente, por lo que mi inspiración termina siendo, una vez más, la consciencia, y al identificar mi propia existencia como tan solo una consciencia experimentadora, y al estar esta consciencia experimentadora autoproclamándose como un yo, esta inspiración mía termino siendo yo.
¿Qué se halla entonces, en la sensorialidad de la araña?
Pues eso, el mundo sensible experimentado por esta humilde araña. Hecho con una narrativa específica, tuve que limitarme, porque resulta que incluso los cuentos que se me ocurren escribir son siempre a partir de algún evento sensible, experimentado por alguno de mis sentidos. La diferencia radica, entonces, en el carácter objetivo (o al menos en la intención de serlo) de los relatos y las descripciones, lo cual podría ser fácilmente refutado al pasar una miserable mirada por una o dos palabras de lo que ya se ha escrito por acá, pues está repleto de subjetividades.
Ahí es en donde me vuelvo a excusar y digo que ese mundo tangible, al decodificarse y volver a codificare en la mente, pasa por un proceso, similar a una operación matemática de multiplicación, cuando la realidad de un número es modificada por la presencia de otro. Ahí tu experta en sumas sencillas hablando. Más fácil decir que al volver de su descuartización, la realidad en la mente se moldea siempre siguiendo los criterios mentales de cada individuo, siempre pasando por esos filtros de la percepción emocional y la cosmovisión personal. Ahora incluso siento que la aclaración está demás. ¿No había dicho que consideraba a la mente como realidad?, ¿no? Bueno. Sentimientos, química, mente, realidad doble para mí. Ya es pasada medianoche y el insomnio nunca fue parte de mi realidad.
Entonces, continúo. Cualquier imagen retórica que se utilice procura ser simplemente un retrato de la manera en la que la consciencia misma suele tergiversar los recuerdos.
Cuando lo experimentado se mezcla con la otra parte de la consciencia, el de la fantasía, se convierte en un escueto.
Véase ESCUETOS
en algún lado, por ahí ha de estar.
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