Botellas rotas
Pocos saben, o se han percatado, de que el cielo que habita en las estrellas también se halla en el asfalto, en el suelo de empedrado.
Es caminar a media noche debajo de un manto encantado. Transformar tal sutileza sosegadora, para hallarte un día, o noche, privada de la luz de luna, pero no por su ausencia, o por la falta de aquella.
Recubierto estaba el firmamento de los sudores de los mares. ¿Hacia dónde miramos, cuando se nos era prohibido mirar abajo? ¿Dónde queda el quebranto, sino atrapado o encaramado en los brazos de un abrazo que no está siendo otorgado?
¿Se te ocurrió alguna vez encontrar a las estrellas del cielo en el suelo, casi a modo de consuelo?
Pero estaban ahí, y yo pude verlos. La contemplé como realidad que se vive como ensoñación por un momento.
Parpadeantes con cada paso que daba, tintineaban al igual que mi alma al escucharlas en su silencio compasivo.
Para poder seguir apreciándolas, uno debe seguir caminando. Allí radica su diferencia principal con aquellas permanentes en mi impermanencia, que solicitan toda la mente e intencionalidad para ser avistadas.
Uno debe continuar el paso mientras las mira, para confiar que en otra ocasión o en otra vía, aparecerán centelleando, burlándose de la vida.
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
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