Túnel de lucecitas (total despropósito)

El transporte universitario avanzó con violencia esas dos últimas cuadras que faltaban para llegar a mi destino. Si no hubiese sido por haber girado una esquina, y el hecho de que quedaba yo nada más, no me habría exaltado tanto.

"Rencor con rencor se paga", dije alguna vez yo, como un mantra. Ahora, sin embargo, me gusta aprovecharme de mi ser olvidadizo. Al rencor, con olvido se apacigua. Pensé tras despedir con un beso al aire a aquel colectivito.

Pero, ¿qué es exactamente el olvido? Quizás el olvido es esa lechuza que cruzó por encima de mi mirada, y solo pude adivinar que se trataba de esa ave por su hábito nocturno y silueta característica en la penumbra.

¿Cuándo fue la última vez que vi uno? Seguro en más de una ocasión lo hice, desde aquella vez, pero solo vi, y me olvide de mirar. Desde aquella vez que vi, o escuché, a esa lechuza, al lecucho poropopó, lecuchito poropopito, cuyo sonido me gustaba imitar, causándole sustos a mi Gracia, causándole gracia a mi Priscila.

Puede que olvido también sea, mi hábito de recordar las cosas tan solo cuando las tengo en frente. Como las luces pica pica que volvieron para abrazar y cubrir cada miserable árbol de la entrada de tan extravagante ciudad, menos por su simpleza, más por sus bochornos. Recordé que me había planteado la idea de salir a mirarlas de cerca en algún momento, pero recordé que me lo había planteado hace exactamente una semana menos un día, y lo recordé tan solo por haber vuelto a cruzar por la misma entrada, en el mismo bus de noche, y solo volví a recordar que recordé tras mirar a la lechuza, negra en su silueta elevada, lo cual carecía de sentido en una noche de luna llena al 95%, con cielo despejado encima.

La otra fuente de luz que opacaba a todo ser en un radio aproximado de 25 metros, eran los picapicas. Muchos picapicas, innumerables picapicas que abofeteaban a la vista, dispuestas de manera poco planificada en la plaza de mi encuentro.

Ahí se encontraba él, montado asimétrico en un encuadre que no combinaba con absolutamente nada. El epítome del despropósito humano, custodiado por el llanto de un infante, típico lamento que siempre logra despertar en mí el más escondido instinto materno.

La aparición de sus padres marcaron el cese de toda idea mía para con aquel túnel de despropósito, que no terminaba siquiera de gestarse antes de verme desistir.

No fue difícil, tras un par de hojeadas, percatarse de la ausencia total de gente alrededor, aparte de los ya mencionados, y de los borrachines de la esquina aquella, más allá, donde yacía un día mi desesperanza.

Si no fuese por el inconveniente, sería el escenario perfecto para realizar mi cometido. Pero no se podía. Más que las miradas, la presencia misma de la gente siempre pudo conmigo en mis momentos de introversión.

Fue así hasta que el sonido, el del arranque de motocicleta, liberó el camino para yo poder andarlo.

El escenario para el crimen de odio perfecto, si no fuera porque yo ya estaba diez metros fuera de la plaza, medio camino antes de ingresar a la penumbra que me guiaba a mi destino.

¿Qué más podría hacerse? Otro día será, seguramente. Otro día, como me enseñaron a decir a las señoras que pasan a vender frutas que en realidad yo sí quería comer, a los muchachos que venden dulces y bollos que, en mi interior, lloraba por tener un bocado.

Ambos, tanto ellos como yo, sabíamos que ese "otro día", significaba nada. Un quizás con sabor a nunca. Lo sabían, yo sé, porque después eran otros los que venían, ya no más aquellos.

Este otro día mío era como uno más de esos. Uno que queda al olvido, un olvido que no duele, no aqueja, y solo regresa cuando vuelvo a presenciar aquello que olvido.

De seguro ya estaba harta de ese ciclo. Y el hartazgo, seguramente es felicidad puesta en marcha, porque harta, no logro olvidar la sonrisa de infante embobado que tenía cuando subía, con tacones ajustados ya por andar seis horas con ellos, por el empedrado desprolijo, por el caminero desnivelado, con el bulto y ropa que ya me daba un aire de profesora que aún no soy, caminando sin propósito más que el de ir al encuentro de aquel despropósito.

Por causa de la disposición macabra del infeliz, tuve que realizar un recorrido catetoso para evitarme el mismo recorrido penoso, pero a la vuelta. Era mejor así, porque podría tener una mejor visión panorámica general de absolutamente nada, porque si las benditas luces encandilaban a veinte metros, a tres solo te dejaban visibles a vos y al bendito asombro infantil que agonizaba con gritos vívidos por experimentar cada miserable detalle del mundo como si fuese la primera vez, porque a pesar de los ojos encandilados, ellos persistían en mirar atrás, con una mueca de satisfacción y alegría, como si cruzar aquel túnel de picapicas hubiese sido el propósito de su vida.

El olvido es, seguramente, olvidar que estamos viviendo y comenzar a vivir.

El cielo despejado de media noche premia a mi olvido, con una luna cegadora, la presencia de un amante olvidado.

Como era de esperarse en una noche de verano, Orión, he regresado.


Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.

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